¿Puede un carnívoro volverse vegetariano?

Cada vez mi círculo de amigos se está haciendo más vegetariano. Unos por salud, otros por respeto a los animales y otros por moda. Un día, entre bromas, alguien me retó a ser vegetariana por 15 días y acepté. Lo hice porque me interesa explorar las nuevas tendencias y entender cómo está la movida gastronómica para algunos nichos, en este caso los que no comen carne. Así fue cómo respondí a la pregunta: ¿Puede un carnívoro volverse vegetariano?

Este experimento me ayudó a entender lo duro que es ser vegetariano, en especial cuando uno creció en Medellín donde el plato típico es la bandeja paisa que lleva tres carnes: carne de res en polvo, chicharrón y chorizo. Además, vivir en un país donde hay fritada y hornado por doquier, hace que el reto sea más duro, pero no imposible. No sé si es sugestión, pero al finalizar las dos semanas sin comer carne, me sentí más ligera y con más energía. Pero como les digo esto puede ser sugestión porque no hice test médicos antes de comenzar y al terminar. Lo que sí pasó es que al terminar reduje la cantidad de carne que consumo, e incluí más vegetales en mi dieta.

Antes de contarles la experiencia del día a día, debo confesarles que cometí muchos errores en el proceso. Quizá el más grave fue buscar opciones vegetarianas en los lugares que suelo frecuentar, es decir aquellos donde la carne es una prioridad. Después de varios días de errar en este experimento me di cuenta que hay lugares en los que su core son los platos vegetarianos.

Día 1:

Normalmente desayuno por la oficina un café y un sánduche llamado english muffin que lleva huevo y tocino. Al recordar que el reto vegetariano había comenzado, fui a un lugar cercano de arepas venezolanas y me comí una con queso amarillo.

 

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Para el almuerzo todos mis compañeros fueron al lugar de almuerzos de siempre, pero como las dos opciones de proteína incluían carne. Cuando pedí al encargado del lugar algo sin carne, la conversación fue más o menos así:

-Ahh entonces le puedo dar pollo o atún

-Es que no puedo comer ningún tipo de carne. ¿Tiene otra opción?

-Pero es que no entiendo qué quiere comer

-No sé. Puede darme huevo frito en vez de carne

-Ahh eso sí.

Este fue mi almuerzo: sopa de habas, huevo frito, plátano maduro, arroz, ensalada y horchata.

 

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Mis cenas son escuetas, suelo no comer mucho, por lo que unos cereales con leche fueron suficientes para terminar la jornada del primer día sin comer carne. Lo había logrado.

Día 2:

Tenía tanta hambre al despertarme que decidí preparar un desayuno rico para mimarme, por rico me refiero a uno lleno de calorías. Batí 2 huevos con licor de cacao ecuatoriano y bañé el pan para preparar unas tostadas francesas. Las serví con almendras, plátano y salsa de chocolate. Me sentí la reina del mundo y, por un rato, sentí que quizá ser vegetariana iba a ser el camino que tomaría en el largo plazo.

 

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Al almuerzo me hablaron de un lugar que solo servía mollejas y mi cabeza olvidó el reto. Llegué hasta el lugar, pedí un combo de mollejas de pollo con cuero de chancho y me lo devoré. Cuando llevaba la mitad recordé el reto y me maldije, pero ya había roto la promesa y las mollejas estaban tan ricas que decidí terminar el combo.

Luego de sentirme mal decidí comenzar el reto nuevamente, lo que implicaría que sería 17 días y ahí sentí que ser vegetariana quizá no era tan buena idea. Extrañaba tanto las mollejas, pero ni modo, debía seguir lo que prometí.

En la cena comí un sánduche de queso.

Día 3:

Me levanté tarde y salí corriendo para la oficina, lo que no me dio tiempo de desayunar.

Al almuerzo comí una sánduche de portobello y aguacate. De nuevo sentí que nada puede salir mal con esta forma de vida sin carne y que con este tipo de comidas puedo ser vegetariana.

 

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En la cena me consentí con un pastel de chocolate blanco y un café. Probablemente pueda ser vegetariana, pero dejar el azúcar parece una tarea imposible.

Día 4:

Desayuné arepa venezolana rellena de queso blanco manaba y fréjol negro, que en el país vecino es llamado caraotas. Por un momento pensé que esa arepa con carne mechada sería la gloria, pero decidí disfrutar lo que tenía y en realidad lo hice. La mezcla del queso y el fréjol es perfecta.

Al almuerzo estaba en casa y no sabía que comer. Decidí improvisar preparando unos champiñones y tomates cherry en una plancha con aceite de oliva y al servir le puse una montaña de queso ricotta. La verdad quedaron mejor de lo que pensé pero el sentimiento de que debía comer carne estaba ahí presente, extrañaba comer un chicharrón con arepa.

 

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Para la cena decidí probar unas salchichas de tofu porque moría por sentir el sabor de la carne. Fue un error, en realidad mi selección fue mala porque tenía la textura de una esponja saborizada con varias cosas pero no replicaba el sabor de la carne. Entendí que ser vegetariano no es replicar ese sabor sino saber comer diferentes opciones de granos, verduras y hortalizas.

Día 5:

Al desayuno hice un picadillo de salchichas de tofu, para no desperdiciarlas, con huevo. Sorprendentemente no estuvo mal, y de nuevo pensé que podría ser vegetariana si seguía encontrando estas opciones.

Al almuerzo fui a un restaurante mexicano. Pedí unos tacos y en vez de la carne pedí que me prepararan algo que reemplazara esta proteína. Mi plato se componía de tortillas de maíz, champiñones, pico de gallo, fréjol negro y guacamole. Estuvo bastante bien excepto cuando sentí el olor de la carne al pastor del plato de quien me acompañaba. Esta carne de cerdo, originaria del centro de México con influencia libanesa, se marina con achiote, especias, chiles rojos molidos y se acompaña con cilantro, cebolla y piña. Eso tiene la carne, que al marinarla abosorbe sabores que nada vegetariano puede compararse. De nuevo extrañé ser carnívora, y se me hizo eterno este reto.

 

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Día 6:

Era el sexto día y necesitaba recargarme de energía para seguir con esta proeza. No quiero que los vegetarianos se enojen, pero no comer carne en un entorno tan carnívoro como el nuestro, en el que el olor a fritada domina las calles, requiere agallas, y aparentemente yo no las tengo. Para empezar el día preparé un bagel con queso crema y cebollín, normalmente le pongo unas lonjas de trucha ahumada, pero el pescado también está prohibido.

Al almuerzo terminé en una cevichería con amigos. Todos comieron encebollado y yo terminé pidiendo una bandeja de patacones con una mayonesa de perejil y sal prieta. No les voy a contar lo mucho que extrañé la comida costeña porque ustedes ya saben la intensidad del olor del encebollado. No sabía que lo extrañaba tanto, pero ya solo faltaban nueve días y la combinación de plátano verde y sal prieta calmó cualquier antojo.

La cena fue una fruta, ya que en este punto mi refrigeradora dejó de tener cualquier carne o embutido.

Día 7:

Unas semanas antes había agendado un brunch con amigos y no sabía que me metería en esta odisea vegetariana. Pensé en servirles opciones carnívoras y aguantarme, pero preferí que ellos se sumen a este reto, al menos durante una comida.

La lista de compras era clara: espumante y jugo de naranja para las mimosas; quesos, tomates, espárragos y postres. La mesa quedó con aspecto colorido, aunque una tonalidad salami y jamón ibérico le hubiera dado un mejor toque. No importa, era un brunch vegetariano y si son mis amigos tenían que aceptarlo. La conversación se enfocó en cómo es posible que alguien que tiene un blog de comida (y un ranking de hamburguesas) se vuelva vegetariana, como si este estilo de vida de cero carne no fuera compatible con mi trabajo. 

El brunch terminó tarde y el resto del día lo pasé entre panes y frutas para solventar el hambre momentánea sin caer en la tentación de una chuleta o algo envuelto en tocino.

Día 8:

Comencé a acostumbrarme a que el desayuno no lleva ninguna proteína animal. El queso se volvió mi mejor amigo en la primera comida del día. Esta vez desayuné arepa paisa (la plana que solo nos sabe bien a quienes crecimos en Medellín) y ricotta, un queso que se elabora a partir del suero drenado de quesos como el mozarella o el provolone.

Al almuerzo pedí pizza. Llamé a un lugar al que suelo pedir este plato con regularidad y saben que mi orden habitual es la pizza con tocino, salami y peperoni. Esta vez cambié esos ingredientes por hongos y cebollas. Al llegar la caja, su aroma no era tan intenso como el de los embutidos, pero el sabor estaba bastante bien. Probablemente de ahora en adelante pida mitad y mitad, porque esta versión vegetariana de verdad me cautivó.

Mi cena fue un batido de banano y fresa.

Día 9:

Mi desayuno fue un huevo frito, arepa y ricotta nuevamente. Menos mal mi reto no fue vegano, porque no sé cómo reemplazaría estos alimentos.

El almuerzo fue una ensalada César sin pollo. Cada vez extrañaba menos la carne y me gustaba más este estilo de vida. Es difícil hacer introspección sobre algo que creías que no podías cambiar, pero ser vegetariana era una opción para mí, en este punto del experimento.

La cosa se puso dura cuando me invitaron a un restaurante francés a cenar y no sé me ocurre ningún otro país que prepare tan bien el pato. Fui valiente y pedí el ratatouille, ese  picadillo que lleva berenjena, calabacín, tomate, pimientos y albahaca. Este plato, que es muy consumido en la Costa Azul, se hizo famoso por la película animada que lleva el mismo nombre, pero en realidad es una delicia. Hubiera preferido el pato, pero ni modo.

Día 10:

Al décimo día comienzas a ver todo con una perspectiva diferente. Mi error en este experimento de vegeterianismo es ir a lugares que ven en lo vegetariano la última rueda del coche. Hay lugares que han diseñado platos sin carne y trabajan con varios ingredientes y técnicas. Por ejemplo, justo me tocó viajar a Guayaquil y probé la hamburguesa veggie de Camellias Tea, preparada con garbanzo y pan de camote. Esta preparación no le envidia nada a una hamburguesa de vacuno. 

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En la cena comí fruta (y un poco de chocolate blanco) que mezclé con leche de coco, miel y chía y dejé que esta semilla se hidrate por dos horas. Lo que me gusta de ella es que es una fuente de antioxidantes, fibra, calcio, proteínas y ácidos grasos omega 3 de origen vegetal. Además, reducen los antojos y da sensación de llenura más rápido, debido a que absorben 10 veces su peso en agua, formando un gel voluminoso que es el que produce la sensación de saciedad.

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Día 11:

Ser vegetariano no tiene que ser aburrido y esta tostada que descubrí en Corfu, pero repliqué fácilmente la receta en casa, es prueba de ello. Solo se necesita pan tostado, aguacate (triturado o en lonjas), huevo frito, tomates secos y un poco de queso maduro.

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El reto comienza a hacerse más sencillo y se van descubriendo platos que con una vida carnívora se ignoran. Por ejemplo, la sopa de cebolla se convirtió en unos de mis favoritos durante este reto.

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Día 12:

El desayuno se volvió más simple con lo que tenía en la refrigeradora: leche de coco, yogurt, chía, frutas, queso y arepa.

Explorando opciones encontré esta ensalada de quinua con aguacate en Anaconda Café. Tenía mezcla de texturas y un sabor aderezado con menta.

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En esta constante búsqueda de productos para complementar mi alimentación encontré maravillas como Amati, una bebida de amaranto y fruta que me da saciedad y refresca a la vez. Si están en este reto vegetariano, es must para que no fallarle al cuerpo. El amaranto es de esos superfoods que está a la vanguardia entre los granos por su nivel nutritivo. Es más alto en minerales como el calcio, hierro, fósforo y carotenoides que la mayoría de los vegetales. Tiene un contenido notable de proteína: taza por taza, 28.1 gramos de proteína comparados a los 26.3 gramos en el arroz.

 

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Día 13:

Ya casi no extraño la carne, pero sí los mariscos. Si me toca responder a la pregunta ¿Puede un carnívoro volverse vegetariano? la respuesta es sí, pero con mucha disciplina, y yo no la tengo. A dos días fantaseo con un ceviche, pero esta lección me dejó hábitos como reducir el consumo de carne y mirar más allá en las cartas de restaurantes y explorar las opciones sin carne, ya no por un reto sino por placer.

Por ejemplo, en Pacha, Tapas con Identidad, encontré esta empanada rellena de hongos de Cayambe con aceite de trufa y queso dambo. Seguro cada que vaya a este lugar voy a pedirla, y es una buena opción para vegetarianos.

 

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Día 14:

Descubrir sabores nuevos fue lo mejor de este experimento. Lo mejor es que son fáciles de replicar en casa. La clave es tener a la mano tomates, albahaca, algún tipo de queso, romero, entre otros. Se puede preparar una provoleta en casa sin usar parrilla.

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También se puede optar por una burrata con reducción de balsámico y aceite de oliva. A lo que voy es que ser vegetariano no tiene una gota de aburrido si se exploran productos.

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Día 15:

Es mi último día y ya es irrelevante saber qué comí. Lo importante es la lección que me dejó este reto que he vuelto parte de mis hábitos. Sigo comiendo carne 3 veces a la semana, pero el resto de días busco alternativas sin carne. Mi nutricionista, a quien visité después de este reto, dice que esto no tiene impacto en el cuerpo si se come bien y se balancea. Es decir, granos, verduras, frutas...

Slow Food y su filosofía sobre el consumo de carne

Ser vegetariana totalmente no está entre mis planes pero reconozco y respeto a ese movimiento que está tratando de cambiar al mundo. Honestamente no creo que el problema sea el sacrificio de las especies, sino la forma tóxica en la que viven. No quiero ponerle a mi cuerpo la carne de una vaca o un cerdo que vivieron en corrales estrechos con estrés y que fueron sacrificados en un camal de una forma indigna.

Hay un movimiento llamado Slow Food que aboga por el comer mejor de forma justa, y en esa iniciativa ya existen criaderos de carnes que dejan que los animales vivan felices y luego sean carne. Creo que este tema es debatible y hay mucha tela que cortar, porque para alimentar a más de 7.000 millones de humanos, la industria cárnica ha tenido que cambiar a corrales estrechos para ser escalable. La verdad, con la contaminación que genera una vaca, no creo que sea sostenible esta forma de alimentación. Hay que mejorar hábitos y ayudarle al planeta, y una forma es reducir la cantidad de carne, en especial de vacuno, que consumimos.

Las alternativas a la carne

Desde que salió la notica de que la primera hamburguesa hecha con carne de laboratorio es una realidad, hay nuevas iniciativas que trabajan este concepto desde su perspectiva. Impossible Food ya tiene su cadena Impossible Burger con carne preparada con plantas y aderezadade tal forma, que es casi imposible detectar la diferencia. El mundo y el comensal están cambiando y algo está pasando con este movimiento vegetariano. Quizá podemos ayudar viendo alternativas al consumo de carne sin dejarla completamente.

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