Café Plaza Grande: sabores con memoria quiteña

Reseña por: Valentina Rodríguez 

Sentarse a la mesa en la que fue la primera casa construida durante la fundación de Quito, en el siglo XVI, ya es toda una experiencia, pero si –además- lo acompañas con sabores tradicionales -de esos que te traen recuerdos- y una vista privilegiada al corazón del Centro Histórico: la plaza de la independencia; entonces sabes que estás viviendo un momento único. Eso es lo que ofrece el Café Plaza Grande en pleno corazón de Quito.

El Palacio de Carondelet, La Catedral, El Palacio Municipal y el Monumento a la Independencia serán los silenciosos acompañantes en tu comida. Por eso siempre recomiendo una mesa cerca de la ventana, para acompañar los sabores con una vista directa de estas históricas construcciones.

A la hora de comer

Mi acompañante, en esta ocasión, era un lojano, así que para sorprenderlo decidí comenzar con una tradición muy quiteña: un helado de paila servido por un personaje único: el Cucurucho. Este es un personaje que aparece en Semana Santa, con su traje púrpura que tapa su rostro. La representación trata de mostrar el triunfo del arrepentimiento y de la penitencia así como el poder del perdón, exculpando a los que ese año caminaron descalzos, escondiendo sus caras, probablemente porque desean ser exclusivamente vistos por Dios.

Volviendo al postre, que se denomina “Los Corridos” en la carta de Café Plaza Grande, se ha convertido en una tradición de este lugar, no solo por la ceremonia para servirlo, que incluye bajar las luces de todo el restaurante y escuchar campanadas de iglesia mientras el Cucurucho se acerca con la pequeña paila hacia los comensales.

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Además, porque el sabor a fruta fresca de cada bola de helado –congelada por el hielo seco en la base de la paila- y la armónica combinación de mora, guanábana, naranjilla y taxo, crean toda una fiesta en el paladar de los amantes del helado.

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Tras esta dulce sorpresa, decidimos complacer al paladar con algo de sal. Las picaditas que sirve el Café Plaza Grande de entrada fueron una grata novedad para el gusto: crujientes snacks de yuca, camote y los infaltables chifles.

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Estos snacks se sirven acompañados de tres tipos de ajíes: el típico de la Sierra Centro de chocho, cebolla morada y tomate de árbol; uno de maní que me recordó a la comida manaba, y uno de pepa de zambo, muy familiar para mi acompañante lojano, pues es el complemento tradicional de los tamales de esa zona del sur del país.

Ya ansiosos por lo que nos esperaba, continuamos con los platos fuertes, para los que escogimos una de las especialidades, el cerdo rústico al horno, y el pollo en adobo criollo en salsa de maracuyá.

El cerdo rústico consistía en el corte solomillo -una carne muy tierna, suave y jugosa- horneado lentamente, y en el que se podía percibir claramente los tonos de adobo criollo y hierbas andinas de su maceración.

Los acompañantes fueron llapingachos con una fina lámina, ligeramente crujiente encima de papa molida. Además, el plato tenía un puñado de motes sazonadas con el toque justo de sal y hierbas, que contrastaba perfecto con el sabor más fuerte del cerdo. La ensalada le daba el toque fresco al plato con cuadrados jugosos de tomate, más trozos crujientes de lechuga y cebolla morada. Como buen plato ecuatoriano, el aguacate no podía faltar. Todo en conjunto conformaba un platillo con los sabores y texturas perfectamente combinados.

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El pollo en adobo estaba acompañado por arroz amarillo, con el toque ideal de achiote para darle el color. También con papas fritas con el balance ideal entre crujientes en el exterior y arenosas al morder, el infaltable aguacate -en su punto- cortado en rodajas y la misma ensalada fresca del plato anterior, con lechugas crujientes y cebollas moradas cortadas en pluma con tomate.

Pero el protagonismo del plato se lo llevaba la pechuga al horno, que tenía una costra crujiente con el sabor concentrado del adobo criollo de la casa, un interior de carne suave y bañada en una salsa cremosa de maracuyá, con el tono justo de sabor agridulce para contrastar con la pechuga.

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Como el postre había sido nuestro plato de entrada y para continuar con las tradiciones quiteñas, terminamos con un ponche. Esta es una bebida tan clásica como caprichosa. Al estar preparad con huevos, su preparación debe ser rápida, ya que se corre el riesgo que se corte o quede grumosa. 

En su proceso la leche se hierve con canela y luego se le agregan huevos y se bate hasta  que espese. Luego se agrega vainilla, si es el caso, y azúcar y queda una bebida espesa y cremosa perfecta para las tardes frías de la capital ecuatoriana.

Elegí esta bebida típica de la capital, porque su sabor trae a mi memoria los largos y educativos paseos que daba de niña junto a mi padre por el centro histórico, que siempre terminaban con un buen ponche quiteño -calientito y dulce- como revivir ese momento único junto a papá. La memoria de los sabores, dicen, es el motor de la gastronomía y esta experiencia en el Café Plaza Grande es prueba de ello.

¿Cómo llegar al Café del Hotel Plaza Grande?

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